EL PODER INTERIOR

En la granja de la familia Ramírez había sucedido algo muy gracioso: un monstruo pacífico y amigable decidió ir a hacerles la visita a los integrantes de esta familia. Cuando llegó al frente de la casa, se apresuró a tocar la puerta pero, ¡vaya sorpresa!, la puerta estaba abierta y él decidió entrar sin saludar. La niña más pequeña de este hogar vio al monstruo y lo invitó a sentarse en la sala, mientras ella iba  a contarle a su mamá que había llegado visita, para que le diera algo para beber porque este personaje se veía un poco raro, la niña pensaba que podría ser por el cansancio del viaje.

 

La madre sorprendida comenzó a hablar con el monstruo desde la cocina y en ningún momento pensó en ir a ver quién o qué era, porque la voz de este personaje era idéntica a un primo lejano de la familia.

 

Entre tantas conversaciones el monstruo le contó que una vez su familia decidió salir de la casa (en las profundidades del río), para divisar el panorama, pero que alguien había puesto una barrera para que no pudieran cruzar el pueblo  y ellos decidieron cavar un túnel para pasar por debajo del pueblo hacia el bosque donde generalmente conseguían los alimentos, ya que ninguno de los miembros de la familia tenía trabajo y ellos debían buscar los alimentos para cubrir sus necesidades básicas.

 

La señora, aunque ocupada en la cocina, estaba muy entretenida con la conversación del monstruo; pero se sorprendió muchísimo cuando fue a saludar personalmente al monstruo, se desató un pánico en toda la casa. Hasta el padre salió con un revólver y masacró al monstruo. Lo enterraron cerca de la casa, pero el tejido del monstruo era como veneno porque destruía todos los cultivos de la granja.

 

Un día, cansados de tanto veneno, decidieron desenterrar el monstruo y llevarlo cerca del pantano donde vivía su familia, pues la niña se acordaba muy bien de las instrucciones del monstruo para llegar a su casa. Con mucho temor los miembros de la familia se acercaron a dicho lugar y arrojaron al río el cuerpo sin vida del monstruo.

 

Cuando voltearon para regresar a su casa, se encontraron con la sorpresa de una barrera que les impidió salir de este lugar. Ellos acongojados decidieron buscar el túnel construido por la familia del monstruo, según las indicaciones que él les había contado, pero nunca lo encontraron.

 

Ahora la familia vive en el pequeño espacio (zona 27) que hay entre la barrera y el pantano, todos los días se turnan diez minutos para divisar el panorama del pueblo que queda detrás de la barrera y utilizan al cerdo para balancearse en un mataculin, porque en este lugar lo que más interesa no es la fuerza corporal, sino la fuerza interior.

Ángela María Estrada.






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Decálogo del escritor, Augusto Monterroso (1921-2003)
 
Primero. Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre dictum: "En literatura no hay nada escrito".

Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratara de tocarte el saco en la calle, ni te señalara con el dedo en el supermercado.
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