PABLO Y EL NIÑO GIGANTE

 

Cada noche Pablo le pedía a Dios que algún día se cumpliera su sueño y fue así como una mañana hermosa, donde el sol iluminaba la tierra con majestuosidad, apareció un bello gigante que era de la misma apariencia física de Pablo. El niño gigante era bueno y de inmediato prometió a Pablo cumplir el deseo que él le pidiera. El niño estupefacto y un poco asustado pidió a aquel gigante que le permitiera conocer el mar y por lo tanto poder ser completamente feliz.

 

El gigante le dijo a Pablo que sí, pero que primero él tenía que dejarlo pasear por su país en un unicornio blanco para hacer conocer todas las maravillas que allí existían y hacer también realidad su propio sueño.

 

Fue así como Pablo y el bello gigante pasearon por cada uno de los rincones de aquel encantador lugar, montados en unicornio blanco.

 

Al otro día el gigante, como estaba tan feliz, le dijo a Pablo que su sueño por fin se haría realidad y también podía invitar a toda su familia para que juntos recibieran una bella sorpresa que él les tenía.

 

Pablo le contó a toda su familia y así en compañía del gigante partieron hacia el mar, era tan bello así como en sus sueños, y allí en medio de la claridad del agua respiraron paz y a lo lejos observaron una bella casa que el gigante había construido para Pablo y su familia.

 

Todos estuvieron allí al lado del mar un largo rato, observando y jugando; Pablo se veía feliz y habló un largo rato con el niño gigante, y así todos juntos, Pablo, la familia y el niño gigante compartieron la bella casa y vivieron felices por siempre.

GLORIA ISABEL GUTIÉRREZ MAZO       

Había una vez, en un país encantado, donde reinaba la felicidad, un niño llamado Pablo, el cual soñaba todas las noches con conocer el mar, pues su país era muy hermoso, pero en él no había un mar como el que el niño anhelaba conocer: un mar bello, claro y apacible, donde las gaviotas volaran libremente y todo fuera paz y armonía.






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Decálogo del escritor, Augusto Monterroso (1921-2003)
 
Primero. Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre dictum: "En literatura no hay nada escrito".

Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratara de tocarte el saco en la calle, ni te señalara con el dedo en el supermercado.
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