ROCIANDO UNA FLOR

Rociando una flor me di cuenta, en un sueño anterior, que un día

llegaría un pajarito azul, en su pico guardado un poema en forma de estrella,  transforma el agua en magia,  convierte el clavel en jardín.

Mostrando montañas y aguas claras que reflejaron el cielo, pero ¿cuál cielo? ¡no!, eran tus ojos de belleza sutil que perpleja yo miraba y extasiada me sumergía en ellos para robarme lo que en ellos encontraba.

Al despertar mi corazón no estaba y me di cuenta que lo había dejado

en el cielo aquel que tus ojos reflejaban, y desesperado en mi locura,

llorando corriendo y riendo, alcé la mirada y mirando a  la luna solo te vi a ti.

 

 

 

HACE TIEMPO

 

Hace tiempo fui canción,  fui melodía en la memoria de quienes lloran.

Fui quien soy, pero aún vivía, tuve nombre,  tuve un sueño igual al que sueño ahora, pero ya no es cierto.

Solo números y letras sin corazón rondan mi cabeza, son casi las seis y mis pies se mueven mecánicamente en dirección al juicio durante tres eternidades.

Inmóvil ante discursos arreglados y pobres, pobres como el deseo.

¡Qué inútil es mi alma ante este día!, ¡qué frágiles son mis huesos!, ¡qué pocas son mis ganas!.

María Cristina Uribe






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Decálogo del escritor, Augusto Monterroso (1921-2003)
 
Primero. Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre dictum: "En literatura no hay nada escrito".

Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratara de tocarte el saco en la calle, ni te señalara con el dedo en el supermercado.
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